Bolivia atraviesa nuevamente días de incertidumbre y confrontación. La negativa de algunos sectores a aceptar los resultados de la segunda vuelta y las protestas crecientes en distintas regiones reflejan un país fracturado, donde las emociones pesan más que las razones. En las redes abunda el insulto fácil, el desprecio por quien piensa distinto, y el encono-rencor alimentado por los “ciber-burros” de todos los bandos que difunden odio y desinformación sin medir consecuencias.
Como advirtió Toranzo (2019), “la polarización boliviana no solo es ideológica, sino emocional: el adversario se percibe como enemigo”. Mayorga (2021) complementa que el conflicto político en Bolivia “se nutre más del resentimiento que de la deliberación racional”. Y Zavaleta Mercado (1983) ya nos había descrito como una “sociedad abigarrada”, rica en diversidad, pero débil en cohesión. Esa pluralidad, en vez de unirnos, se ha convertido en excusa para profundizar los resentimientos y el regionalismo.
Nos llamamos entre bolivianos y bolivianas “masista”, “golpista”, “vende patria”, “zurdos de”, "ignorantes", olvidando que todos compartimos la misma historia y el mismo territorio. La política, degradada al nivel del algoritmo de la redes sociales, se ha vuelto un campo de batalla digital donde el odio se multiplica con cada clic.
La Constitución actual, en su artículo 7, nos recuerda que “toda persona tiene derecho a la libertad y a la dignidad”. Este principio debería ser la luz que guíe nuestra convivencia. La democracia no es el triunfo de unos sobre otros, sino el reconocimiento de que nadie puede anular al diferente.
Por eso, los líderes políticos, cívicos y todas las autoridades, tienen la responsabilidad de convocar a la serenidad y al diálogo. Pero también el resto de la ciudadanía debemos hacer nuestra parte: apagar el fuego del odio, dejar de repetir consignas vacías, dejar de compartir y empezar a escucharse.
Nuestra hermosa Bolivia no puede seguir siendo rehén de la ira ni del oportunismo. El futuro no se construye con rabia, sino con respeto y pactos que favorezcan a todos. Compatriotas ha llegado el momento de decir con firmeza y esperanza: ¡basta ya! Todos somos bolivianos y bolivianas, avancemos.
Por Agustín PC, profesor de Historia y Filosofía
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